Lágrimas ocultas.


Su hijo la miraba, con esa carita curiosa.

—Estuviste llorando otra vez, mamita, me duele el corazón verte así —dijo, mientras acariciaba su rostro.

—No mi niño, estoy resfriada, pero todo está bien.

—Te sentí en la madrugada, tu llanto me despertó ¿acaso no te alcanza mi amor para que brote tu sonrisa?  Yo siempre estaré contigo, no llores más.

Su madre conmovida lo abrazó muy fuerte. ¿Cómo explicarle que se sentía incompleta y vacía, si tenía esa ternura que podía abrazar cuando el frío de la soledad la quiera atrapar? ¿Cómo decirle que se aferró al único amor que devolvió la vida a su vida y que de un momento a otro, este le había soltado de la mano, dejándola a la deriva y sin salvación? ¿Cómo decirle que no tenía deseos de sonreír porque depositó todas sus sonrisas en una sola y que esa sonrisa ya no está?

No lo haría, se callaría y escondería sus lágrimas donde él no las vea, no rompería el corazón de ese ser que no entiende del amor complicado de los adultos, ni tampoco entiende que a veces el destino nos arrebata la felicidad cuando más completos nos sentimos.

Y por ese pequeño, decidiría ser fuerte y secaría sus lágrimas como una vez ya lo hizo; aunque con ello secaba su corazón, porque sabía que seguiría sangrando por dentro así sonría por fuera.

Nunca una máscara dolería más, que la que desde ese día empezó a lucir.

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